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13/09/2026

¿Y por qué reaccionó así?

¿Y por qué reaccionó así?

Hay días en los que sentimos que llevamos demasiado.

A veces vemos una reacción sin conocer todo lo que hubo antes, y olvidamos que cada persona lleva una historia que no siempre podemos ver.

Cada día tratamos con un sinnúmero de personas, sin importar dónde estemos. Y puede que incluso digamos de alguien: “Lo conozco como la palma de mi mano.”

Es manso. Es tranquilo. Siempre está tranquilo. Siempre tiene una sonrisa.

Sin embargo, un día, “de la nada”, explota. Y todo lo que creíamos saber sobre esa persona parece cambiar.

“Wow, qué diferente.” “Ay, pero eso no es lo que yo creía de esa persona.” “¡Wow, qué actitud!”

Y así podemos llenar varias páginas sobre alguien basándonos únicamente en un momento que vimos.

Pero, ¿y si nos faltaba el contexto?

¿Cuánto tiempo llevaba tolerando aquella situación? ¿Cuánto había sobrellevado? ¿Cuánto había sufrido? ¿Cuántas veces intentó evitar llegar precisamente a ese punto?

Aquí aparece otra frase que escuchamos con frecuencia: “Por eso uno no puede callar tanto.”

Pero ¿sabemos cuántas veces esa persona quiso hablar? ¿Cuántas veces intentó resolver? ¿Cuántas veces actuó con paciencia? ¿Cuántas veces decidió guardar silencio para no herir, no discutir o no empeorar las cosas?

A veces vemos la reacción, pero no vemos todo lo que la precedió.

Y quizá eso debería hacernos un poco más cuidadosos antes de juzgar.

Porque nosotros también vamos por el mundo reaccionando a nuestra voluntad, hablando desde nuestra perspectiva y tomando decisiones desde lo que nosotros sentimos, pensamos o necesitamos. Y no, no está mal pensar en nosotros. También necesitamos cuidarnos, poner límites, expresar lo que sentimos y tomar decisiones.

Pero, ¿qué nos cuesta detenernos un momento para pensar si aquello que vamos a hacer o decir hará bien a quien tenemos al lado?

Ahí es donde entra algo que nuestro Maestro enseñó de una manera sencilla:

“Hay más felicidad en dar que en recibir.”

Y sí. Qué bonito se siente hacer algo por alguien, aunque parezca insignificante. A veces basta una palabra amable, un gesto de consideración, una ayuda inesperada, un “gracias”, un “¿estás bien?” o simplemente reconocer el esfuerzo de alguien.

Hace unos días fui testigo de un acto así.

Un joven se acercó a un vehículo y le hizo señas al conductor para preguntarle si deseaba que limpiara su cristal. El conductor le dijo que no, pero le agradeció.

Unos segundos después, bajó el cristal, lo llamó, le entregó algo de efectivo y le dijo:

—Es para ti, por ser educado.

No estaba comprando nada. No estaba recibiendo un servicio. Simplemente había querido reconocer una buena actitud.

La sonrisa de aquel hombre fue majestuosa.

Y para mí… fue uno de esos momentos que no necesitan demasiadas palabras.

Porque aquel joven quizá no se fue pensando que había hecho algo extraordinario. Pero alguien lo vio. Alguien lo reconoció. Y alguien se fue a casa pensando en ello.

Quizá de eso también se trata un buen nombre.

Eclesiastés 7:1 dice:

“Es mejor un buen nombre que el buen aceite, y el día de la muerte que el día del nacimiento.”

¿Por qué?

Porque cuando nacemos, nuestro historial está completamente en blanco. Todavía no hemos construido una reputación. No se sabe qué clase de persona llegaremos a ser, qué decisiones tomaremos ni qué huella dejaremos en quienes nos conozcan.

Pero los años van escribiendo.

Cada palabra, cada decisión, cada reacción, cada vez que elegimos escuchar en lugar de juzgar, cada vez que damos sin esperar recibir, cada vez que reconocemos el esfuerzo de alguien.

Todo eso va formando nuestro nombre.

No el nombre que aparece en una cédula.

El nombre que permanece en la memoria de quienes nos conocieron.

Y quizá por eso vale la pena pensar un poco más antes de etiquetar a alguien por un solo momento.

Porque tal vez nosotros conocemos su reacción…

pero no conocemos su historia.

Y, al mismo tiempo, quizá alguien esté mirando la nuestra.

No por lo extraordinario que hagamos, sino por esas pequeñas cosas que hacemos cuando creemos que nadie está prestando atención.

Al final, todos estamos escribiendo alguna historia: la de los demás, cuando decidimos cómo mirarlos, y la nuestra, cada día, con lo que hacemos, decimos y dejamos en el corazón de quienes encontramos en el camino.

¿Qué historia estás escribiendo tú?

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Geslie 💜

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