¿Cómo saber cuándo es tiempo de callar o de hablar?
Y te pasan los días, los meses, los años...
Y en algún momento te preguntas:
¿Algún día podré expresar lo que siento sin temor a herir, a faltar, a equivocarme?
¿Podré edificar con lo que expreso o provocaré una molestia, una herida o incluso una enemistad con lo que pueda decir?
¿Te sientes identificado?
Sí. No. Tal vez.
En algún momento de tu vida lo viviste. O quizá lo vivirás.
Y no, no es una experiencia agradable.
Te sientes frustrado porque hay algo dentro de ti que necesita salir, pero al mismo tiempo sientes alivio porque piensas que, al callar, estás evitando dañar a quienes te rodean.
Entonces callas una vez.
Después otra.
Y otra.
Hasta que aquello que parecía una manera de mantener la paz comienza a convertirse en una mochila.
Una mochila que nadie más ve, pero que tú llevas contigo a todas partes.
Y esa mochila, un día, pesa demasiado.
Piensa en un globo lleno de agua.
Lo inflas una vez más. Y otra. Y otra.
Hasta que llega un momento en que ya no puede contener nada más.
Entonces explota.
Y el desastre es inevitable.
El agua llega a lugares donde jamás imaginaste que llegaría. Y si hay papeles cerca, se mojan todos.
Ahora piensa que el agua no es agua.
Son palabras.
Son emociones.
Son frustraciones.
Son decepciones.
Y los papeles son tu entorno: tu familia, tus amigos, las personas que amas.
La confianza.
El respeto.
Los vínculos que has construido.
Todo puede terminar afectado por un momento de explosión.
No porque quisieras destruirlo.
Sino porque guardaste demasiado durante demasiado tiempo.
Entonces, ¿qué hago?
Pues practiquemos.
Sí, practiquemos.
Todos. Incluyéndome a mí.
Porque hablar de lo que sentimos también es algo que se aprende.
Podemos aprender a decir:
“Esto me molestó.”
en lugar de esperar hasta explotar.
Podemos aprender a decir:
“Necesito hablar contigo de algo.”
en lugar de acumularlo.
Podemos aprender a expresar nuestro dolor sin convertirlo en un arma.
Pero entonces aparece otra pregunta:
¿Y si no tengo la razón?
Quizá no la tengas.
Y reconocerlo también forma parte de aprender a comunicarnos.
Pero equivocarte no significa que pierdas el derecho a expresar lo que sientes.
Yo también merezco ser escuchado.
Puedo estar equivocado y aun así decir:
“Esto me dolió.”
Porque hablar no siempre significa tener la razón.
A veces simplemente significa decir:
“Esto es lo que estoy sintiendo.”
Y tampoco tenemos que quedarnos enojados.
Porque, pensándolo bien...
¿Qué ganas con permanecer molesto?
¿Te sumaste un año de vida con eso?
¿Llenaste tu cuenta bancaria?
¿Dormiste mejor?
¿Se solucionó aquello que te hizo daño?
A veces creemos que mantener el enojo es una manera de protegernos, cuando en realidad seguimos cargando con aquello que nos lastimó.
Y mientras tanto, la vida sigue pasando.
No significa que lo ocurrido estuvo bien.
Tampoco que debamos olvidar.
Significa que merecemos seguir viviendo sin cargar eternamente con aquello que nos hizo daño.
Y entonces aparece algo tan sencillo como una sonrisa.
¿Sabes lo lindo que es sonreír?
Es contagioso.
Hay días grises en los que una sonrisa no cambia lo que ocurre afuera, pero sí puede cambiar un poquito la manera en que lo vivimos por dentro.
Y de pronto sientes que, aunque el día tenga tonos de gris, todavía tienes una paleta completa de colores en tu vida.
Entonces… ¿hay que callar o hay que hablar?
Quizá la respuesta no sea siempre una cosa o la otra.
Porque callar también puede ser sabio.
Hay palabras que necesitan tiempo.
Hay conversaciones que necesitan calma.
Hay momentos en los que guardar silencio evita que digamos algo de lo que después nos arrepintamos.
Pero también hay silencios que dejan de ser prudencia y comienzan a convertirse en una carga.
No todo silencio es paz. Y no toda palabra es violencia.
Antes de hablar, quizá podamos preguntarnos:
¿Es necesario? ¿Es el momento adecuado? ¿Puedo decirlo sin intentar herir? ¿Estoy buscando solucionar o simplemente descargarme?
Y si no está claro, quizá podamos esperar.
Respirar.
Pensar.
Y volver a intentarlo.
Porque hablar no debería consistir en ganar una discusión.
A veces consiste simplemente en encontrar una manera de que dos personas puedan comprenderse un poco mejor.
Quizá por eso aprender a escuchar también es tan importante como aprender a hablar.
Escuchar al otro.
Escucharnos a nosotros mismos.
Reconocer cuándo algo nos está doliendo antes de que se convierta en resentimiento.
Reconocer cuándo necesitamos pedir perdón.
Cuándo necesitamos poner un límite.
Cuándo necesitamos hablar.
Y cuándo necesitamos guardar silencio.
Porque todos tenemos una historia.
Y dentro de esa historia hay palabras que alguna vez no supimos decir.
Quizá algunas todavía estén esperando.
Esperando el momento.
El valor.
La oportunidad.
Y quizá escuchar nuestra propia voz no significa decir todo lo que pensamos.
Significa aprender a no abandonarnos cada vez que tenemos algo que decir.
Porque al final, no se trata solamente de saber cuándo callar o cuándo hablar.
Se trata de aprender cómo hacerlo sin dejar de cuidar al otro… ni dejar de cuidarnos a nosotros mismos.
Y quizá esa sea una de las conversaciones más importantes que podemos tener.
Con nosotros mismos.
💜
¿Hay algo que llevas mucho tiempo queriendo decir?
Quizá este sea un buen momento para empezar a escucharlo.
¿Qué historia estás escribiendo tú?
— Geslie